OPINIóN

Apuntes viejos para nuevas relaciones laborales


Diego A. De la Rosa Bermúdez

En tiempos donde bajar salarios y precarizar el trabajo es vendido como la quinta esencia de la reactivación económica, vale distinguir al emprendedor del explotador. El emprendedor es un visionario. Por su ingenio, es potencialmente un generador de riqueza. Para ello, requiere de fuerza laboral comprometida con la productividad, y en compensación otorga beneficios consecuentes a la dedicación y esfuerzo del trabajador. El explotador, a contramano, es un propietario promedio de los medios de producción, quien pretende se hagan horas extra y se gane menos del salario básico, para apropiarse de la plusvalía resultante. Con ello, a veces, financia otra unidad de explotación laboral, mientras cena elegantemente, y habla con sus iguales de generar riqueza en el tercer mundo.

Aunque la economía liberal y la filosofía del trabajo se piensan como relatos esencialmente diferentes, la historia de los países que hoy conforman el grueso del primer mundo muestra un curioso punto en común: La participación de los trabajadores en las utilidades anuales como catalizador de la productividad.

Las utilidades, tal como las conocemos, no son un invento marxista. Si bien, por estas latitudes fue fruto de la lucha de izquierdas, sus orígenes históricos se fundan en estrategias productivas de burgueses innovadores. El primer caso documentado fue en 1797: Un plan de reparto de utilidades en una fábrica de vidrio en Pennsilvania, propiedad de Albert Gallatin, Secretario de Tesorería de Thomas Jefferson. Por otra parte, la primera teorización sobre los efectos positivos de la participación de los trabajadores en las utilidades del negocio, fue desarrollada por Johann Von Thünen 1848, mientras desarrollaba sus estudios sobre localización geográfica y renta agrícola.

Los países que hoy llamamos desarrollados, a partir del sentido común, concluyeron en que una mayor participación de los trabajadores en las utilidades anuales del negocio es causa eficiente del aumento de la productividad. Así, el trabajador renuncia al beneficio inmediato, porque sabe que su sacrificio tendrá recompensa. Si se quiere dejar de maquillar la macroeconomía, debería pensarse en clave de sinergia productiva y no de flexibilización (o precarización) laboral.