Milton Álava Ormaza
El fundador del movimiento populista en el Ecuador –el velasquismo- fue el doctor José María Velasco Ibarra, como consecuencia de su lucha contra la hegemonía del partido liberal.
De aquel se desprendió el cefepismo de Guevara Moreno, que cayó luego en manos de Assad Bucaram. La muerte de Jaime Roldós, elegido presidente de la república por este partido y que no alcanzó a formar su propio partido populista, determinó el surgimiento del Partido Roldosista Ecuatoriano, fundado y dirigido por un pariente de la familia, Abdalá Bucaram, con el cual alcanzó la presidencia. El último partido populista (2006-2016) fue creado y organizado por Rafael Correa, con cuyo respaldo ejerció la presidencia por dos períodos.
Esta sintética relación histórica demuestra la diversa constitución del populismo y, sin embargo, su evidente preeminencia política. El populismo velasquista fue una mixtura ideológica y política, preferida por su caudillo, que no creía en los partidos; el populismo guevarista tuvo un marcado acento social y antioligárquico; y el correista se deslizó hacia el socialismo, en la versión siglo XXI. Es decir que el populismo –al menos el ecuatoriano- es un estilo de hacer política que le imprime su conductor, con fines electorales, al movimiento que dirige.
Esta diferenciación es la que pudiera determinar el curso de la vida política nacional en los próximos años, al margen de las corruptelas o arbitrariedades cometidas por el populismo en el poder. Pero no se trata de una aberración atribuible solo al pueblo ecuatoriano, pues también ha ocurrido en otros países.
Los partidos de corte europeo o norteamericano menosprecian a los partidos populistas o a sus líderes en particular, pero no vacilan en recurrir a ellos cuando les faltan los votos en las urnas o en los organismos colegiados. Son gajes de la democracia.