NACIONAL

TEOLOGÍA DE LA CALLE Gerardo Valencia Cano: El Obispo que Puso el Evangelio en las Calles


Obispo Gerardo Valencia Cano junto al pueblo de Dios. El Obispo que puso el evangelio en las calles.

Por P. Vicente Aníbal

Romero Peña

Hay vidas que no se miden en años, sino en fuego. Así fue la vida de Monseñor Gerardo Valencia Cano, un profeta de nuestra América Latina, que vivió y murió encendiendo la esperanza del Reino de Dios entre los más pobres. Nacido el 26 de agosto de 1917 en Santo Domingo, Antioquia, y arrebatado de este mundo el 21 de enero de 1972 en un accidente aéreo, su legado sigue caminando entre quienes sueñan con una humanidad más justa y fraterna.

Monseñor Gerardo no fue un obispo de escritorio ni de sacristía. Su altar estaba en los barrios, en los ríos olvidados, en las calles polvorientas donde habitan los últimos. Entendió que Jesús no vino a fundar religiones cómodas, sino a revolucionar corazones y a voltear el mundo. Por eso, su episcopado en Buenaventura y Quibdó fue un grito vivo de las Bienaventuranzas: “ Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos “ (Mt 5,3). Para él, la Iglesia no podía mirar hacia otro lado mientras los pueblos afro e indígenas sufrían el yugo de la injusticia.

Un Pastor con

las Sandalias

del Pueblo

Gerardo Valencia Cano era incómodo. Incomodaba a los poderosos porque les decía en la cara lo que no querían escuchar: que su riqueza no valía nada si no ayudaban a los demás. Incomodaba a los cómodos porque les recordaba que el Evangelio no se vive desde la tibieza. Como un nuevo Isaías, él gritaba: “ Rompan las cadenas de la opresión, den libertad a los oprimidos “ (Is 58,6). Y lo hacía con palabras y acciones, caminando junto al pueblo, comiendo su pan y llorando sus dolores.

Pero no solo denunciaba. También anunciaba. Hablaba de un Reino que ya comienza aquí, donde el amor y la justicia son posibles. Su mensaje era claro: Dios no quiere una fe que se quede encerrada en templos. Dios quiere una fe que baje al barro, que toque al hermano, que limpie las lágrimas de los más pequeños.

Una Vida

Que No Muere

El 21 de enero de 1972, su vida terrena terminó en un accidente aéreo en Antioquia. Pero los profetas nunca mueren. Monseñor Gerardo dejó una huella que nadie ha podido borrar. Su voz sigue resonando en los que luchan por los derechos de los pobres, en las comunidades que creen que otro mundo es posible. Como él decía, “ el Evangelio no es para guardarlo en el bolsillo; es para vivirlo, cueste lo que cueste “.

Y cueste lo que cueste, él lo vivió. Nos dejó un ejemplo de cómo nuestras pequeñas luchas de cada día son semillas del Reino definitivo. Ese Reino que Jesús prometió, donde “ ya no habrá muerte, ni llanto, ni dolor “ (Ap 21,4).

Hoy, Tú y Yo

Tenemos

la Palabra

Hoy, Monseñor Gerardo nos lanza una pregunta desde el cielo: ¿Qué estás haciendo tú para que el Reino de Dios se haga realidad? Porque el Evangelio no es para mirar, es para moverse. No es para decir “qué bonito”, sino para arremangarse y transformar el mundo.

Sigamos su ejemplo. Llenemos nuestras calles, nuestras casas y nuestros corazones de ese amor que construye, que abraza y que no se cansa de soñar con un cielo nuevo y una tierra nueva. El Reino de Dios está aquí, si tú y yo lo hacemos posible.