CANTONAL

El triunfo del sacrificio: Amor, el legado de las madres santarroseñas


En las arterias de nuestra Santa Rosa, donde el sol cae como fuego líquido sobre el pavimento, caminan las verdaderas heroínas de El Oro.

En las arterias de nuestra Santa Rosa, donde el sol cae como fuego líquido sobre el pavimento, caminan las verdaderas heroínas de El Oro.

No llevan capas, llevan perchas, uniformes, cepillos o canastos de fruta. Sus historias no ocupan siempre las primeras planas de las noticias, pero son las que escriben, con tinta de amor y sudor, el diario vivir de nuestra sociedad.

Este es un viaje al corazón de la mujer orense, esa que no sabe rendirse porque sus hijos son su único norte.

Magaly: Sacar brillo al futuro

En la transitada calle Colón, bajo el color de un paraguas que es su único refugio contra el mediodía, Magaly Intriago (50 años) rompe esquemas. En un oficio históricamente de hombres, sus manos se tiñen de negro cada día para dar lustre a los zapatos de los transeúntes. Por 75 centavos la betunada, Magaly ha pulido el destino de sus tres hijas.

Su jornada arranca a las 5:45 a.m., cuando el cielo aún es gris. “Cumplí con mi deber”, nos dice con una sonrisa que desborda el orgullo de quien sabe que esos 10 dólares diarios fueron los que pagaron el título de bachiller de su hija mayor en el Colegio Zoila Ugarte. Magaly no solo limpia cuero; ella limpia el camino de obstáculos para sus niñas, demostrando que el coraje no tiene género cuando el amor de madre es el motor.

Gladys: El camino infinito de una madre

A sus 68 años, doña Gladys Morales tiene una mirada que parece haberlo visto todo, pero que aún brilla cuando habla de su hogar. Mientras el resto del mundo a su edad piensa en el des-canso, ella se cuelga el peso de blusas, pantalones y batitas sobre los hombros. Vive en Areni-llas, pero su “oficina” no tiene techo: son las carreteras que conectan a Pasaje, Machala y su amada Santa Rosa y Arenillas.

“A esta edad, las puertas se cierran, nadie te da un empleo”, nos confiesa con una voz que no busca lástima, sino respeto. Con cinco hijos que crecieron viéndola “quemar suela”, Gladys camina desafiando sus propias dolencias físicas. Para ella, el segundo domingo de mayo no es un día de rosas en un jarrón; es un día más de gratitud porque sus pies aún la sostienen para ayudar a su esposo, otro guerrero de la tercera edad. Su historia es la de la madre que madru-ga no por ambición, sino por la dignidad de no faltar a la mesa.

Vanessa: El Uniforme del Valor y Amor

Vanessa Macías (34 años). Vestida con su uniforme de Agente Municipal, Vanessa encarna a la madre moderna que debe ser escudo en la calle y ternura en la casa. Con tres hijos a su cargo, ella sabe que el peso de la crianza muchas veces cae solo sobre los hombros maternos. “So-mos mamás luchadoras”, afirma con firmeza. Sus hijos no ven solo a una oficial; ven a una mujer que sacrifica sus horas para que ellos sean “alguien en la vida”.

Para ella, el mayor reto es la responsabilidad compartida o a veces solitaria de sacar adelante a los suyos. “A veces los papás son responsables y otras veces no, por eso la responsabilidad de la madre es mucho mayor”, afirma con la firmeza de quien ha tenido que ser escudo y susten-to. Vanessa ve en sus hijos no solo el motivo de su esfuerzo, sino el reflejo de sus sacrificios; ellos, al verla salir cada día con su uniforme, aprenden que la mayor lección de vida es la perseverancia. Su mayor alegría no es un regalo material, sino el amor y el apoyo que recibe de vuelta, ese combustible que le permite enfrentar cualquier jornada, por dura que sea.

Carmen: Protectora de vida

Doña Carmen Calderón (65 años) es la “Guardiana de vehículos”. Su trabajo es humilde pero vital: coloca cartones sobre las motos para que el sol no queme a sus dueños. “Soy una mujer pobre”, se define, pero al ver sus manos callosas y su jornada de 11 horas diarias para susten-tar a sus seis hijos —hoy todos bachilleres y trabajadores—, uno entiende que la pobreza es solo económica. Su riqueza es su voluntad inquebrantable de no pedir limosna, sino de servir hasta que “Dios diga basta”.

Carmen trabaja de 7 de la mañana a 6 de la tarde, sumando monedita tras monedita para sub-sistir. Con seis hijos que hoy son bachilleres y trabajan en la construcción o la seguridad, Carmen sigue al pie del cañón. Aunque admite que el cuerpo ya pide un descanso, su deter-minación es de hierro: “Trabajaré hasta cuando Dios quiera”. Para ella, el Día de la Madre es un momento de gratitud por lo poco o mucho que sus hijos puedan compartir con ella.

María: 75 años de una vida que dio frutos

Finalmente, encontramos a doña María Solano. Con 47 años en el comercio de frutas, María es una cátedra viviente de resiliencia. Ha aprendido a “saber sufrir” las malas rachas para sa-borear las victorias. Con el aroma del mango y la naranja, crio a seis hijos que hoy son su mayor trofeo: ingenieros y tecnólogos que, aunque la distancia los llevó hasta España, nunca han soltado su mano.

“Mis hijos no me olvidan, ni los de aquí ni los de allá”, dice con los ojos empañados pero llenos de dicha. A pesar de los años y de la soledad que a veces impone la migración, María sigue en su puesto. No por castigo, sino porque ese contacto con su gente es lo que la mantiene viva.

Hoy en el Día Universal de las Madres, queremos honrar la valía, el coraje y la lucha incansable de la mujer santarroseña y orense. Ustedes son el cimiento de nuestra provincia. Gracias por enseñarnos que el amor de madre no es un sentimiento pasivo, es una acción diaria, un esfuerzo que no se jubila y una fe que mueve montañas de dificultades.