OPINIóN

Madre: Raíz eterna


El Día de la Madre, que desde 1914 se celebra cada segundo domingo de mayo en más de 80 países, incluido el nuestro, no nació para el consumo ni para las vitrinas.

El Día de la Madre, que desde 1914 se celebra cada segundo domingo de mayo en más de 80 países, incluido el nuestro, no nació para el consumo ni para las vitrinas. Su sentido profundo es otro: honrar el amor incondicional, el esmero silencioso y el sacrificio cotidiano que sostienen la vida familiar y, en gran medida, la cohesión social.

En Ecuador, como en buena parte del mundo, la mujer ha conquistado espacios visibles en la economía, la educación y el liderazgo comunitario. Sin embargo, la invisibilidad del trabajo materno persiste: jornadas sin horario, cuidados sin descanso, decisiones que priorizan siempre a los hijos, incluso cuando la soledad, la viudez o el abandono paterno obligan a multiplicar esfuerzos. Las madres solteras, viudas o jefas de hogar representan hoy una verdadera columna moral del país, capaces de suplir ausencias y de convertir la adversidad en fortaleza.

La literatura ha sabido reconocer esta grandeza. En La Madre, Máximo Gorki retrata a Pelagia Nilovna como una mujer que, desde la ternura y el sufrimiento, despierta a la conciencia y se vuelve símbolo de dignidad. “El corazón de una madre es un abismo en cuyo fondo siempre hay perdón”, escribe Gorki, recordándonos que la maternidad es fuerza ética que transforma incluso en medio de la pobreza y la injusticia.

También nuestra historia ofrece referentes luminosos: Matilde Hidalgo, pionera del voto femenino en América Latina; Dolores Cacuango, madre de la educación intercultural; Tránsito Amaguaña, incansable defensora de los derechos indígenas; Marieta de Veintimilla, escritora y promotora cultural. Todas ellas encarnaron la capacidad femenina de servir, educar, liderar y cambiar vidas.

Por eso, este 10 de mayo no celebramos un día comercial. Celebramos la vocación de entrega que sostiene hogares, inspira comunidades y fortalece instituciones, ejerciendo liderazgo de impacto, guiado por la empatía y el servicio y abriendo huellas de dignidad y respeto.

Honrar a la madre es reconocer que, gracias a ella, la sociedad respira, aprende y avanza.