OPINIóN

Una mano amiga


Fernanda Tusa

Con motivo del Día del Niño, volví a pensar en el peso decisivo que tiene un maestro en la vida de nuestra infancia para sostener, orientar y dejar huellas significativas. Aquel día, muchos docentes compartieron gran parte de su jornada preparando actividades, juegos y pequeños gestos que confluyeron en gratos recuerdos para nuestros hijos, en medio de un mundo que muchas veces les llega demasiado pronto. Quizá allí reside la grandeza de la docencia: en crear, aunque sea por unas cuantas horas, un refugio donde la niñez pueda sentirse celebrada y feliz.

Entonces vino a mi memoria el gran novelista Albert Camus. Pocos días después de recibir el Premio Nobel de Literatura, lo primero que hizo fue escribir una carta a su maestro Louis Germain, donde le reconocía que, sin su mano afectuosa tendida al niño pobre que fue, sin su enseñanza y generosidad, nada de aquello habría sucedido. Hay en ese gesto una verdad profunda: detrás de muchos destinos hubo un maestro que creyó antes que nadie. Por eso, en el Día del Niño, mi mirada se detiene también en el actuar docente. Nuestra niñez merece profesores de calidad, pero, sobre todo, maestros con vocación, sensibilidad y amor por la humanidad que tienen delante. Necesitamos más Germain en las aulas: maestros capaces de tender la mano al niño humilde, al estudiante tímido, al que llega con hambre, al que aprende lento o al que carga tristezas que no sabe nombrar. Porque enseñar también es salvar, aunque no siempre lo sepamos a tiempo.

En una sociedad marcada por la inseguridad y el cansancio moral, la escuela debe seguir siendo un territorio de esperanza. Allí donde el mundo se vuelve adverso, un maestro devuelve al niño la posibilidad de creer y le enseña que la vida no termina en la dificultad, que la tristeza no es destino y que el conocimiento abre alas para conquistar las utopías. Por eso, en cada Día del Niño, celebremos también a los maestros que hacen posible una infancia más digna; a quienes convierten el aula en hogar, la palabra en abrigo y la enseñanza en oportunidad. Porque un buen maestro educa para resistir la vida, para no claudicar ante la desdicha y para descubrir que, incluso en medio de la pobreza, el miedo o la desolación, el ser humano tiene la capacidad de levantarse con luz propia.