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Las tardes de vóley en Machala: una tradición que une generaciones en los barrios


 A las cinco de la tarde, cuando el sol empieza a perder fuerza sobre Machala, en muchas canchas de la ciudad comienza una escena que se ha repetido durante décadas. Alguien estira la red, otro infla la pelota y poco a poco llegan los vecinos del barrio.

Fabricio Cruz

 

A las cinco de la tarde, cuando el sol empieza a perder fuerza sobre Machala, en muchas canchas de la ciudad comienza una escena que se ha repetido durante décadas. Alguien estira la red, otro infla la pelota y poco a poco llegan los vecinos del barrio.

No hace falta parlantes ni grandes graderíos. Basta una cancha, una red y ganas de competir. En cuestión de minutos, lo que parecía una tarde común se convierte en espectáculo. Se escuchan gritos, risas, reclamos y aplausos. Así han sido, por generaciones, las famosas tardes de vóley en Machala.

En una ciudad marcada por el comercio, el trabajo y el movimiento constante, el vóley encontró un espacio propio para reunir a la gente. Más que un deporte, se volvió una costumbre social. Una tradición barrial que sobrevive al paso del tiempo.

Y aunque hoy muchos lo asocian con identidad costeña, el origen del ecuavóley está lejos de El Oro.

UN DEPORTE QUE NACIÓ 

EN LA SIERRA 

Según el investigador Alex Santiago Galeano Terán, autor del estudio Origen e historia del ecuavóley, este deporte comenzó a estructurarse formalmente en Ecuador alrededor de la década de 1930, con registros tempranos en provincias de la Sierra como Loja, Imbabura y Pichincha. Su crecimiento estuvo ligado a espacios populares, mercados, barrios y plazas donde la gente adaptó el voleibol tradicional a una dinámica más rápida y explosiva.

Así nació el ecuavóley, una versión única del voleibol: tres jugadores por equipo, red más alta y una intensidad que obliga a reaccionar en fracciones de segundo. No se necesitó federación para hacerlo grande; bastó la calle.

Su expansión al resto del país fue natural. Choferes de buses, taxistas, comerciantes y trabajadores migrantes ayudaron a llevar el deporte de ciudad en ciudad. Así llegó también a la Costa.

Aunque no existe un documento que establezca con exactitud cuándo se jugó por primera vez vóley en Machala, exdirigentes deportivos y archivos del deporte barrial coinciden en que su práctica ya era común entre las décadas de 1960 y 1970.

En los años 70, la capital orense todavía no contaba con la infraestructura deportiva que hoy posee. Conseguir una cancha para practicar deporte no era sencillo. Pero eso nunca detuvo a los barrios.

Los primeros escenarios que recuerdan antiguos dirigentes deportivos fueron las canchas de la Policía Nacional y de la Brigada de Infantería El Oro. Allí se jugaba fútbol barrial, pero también empezaban a abrirse espacios para el vóley.

Las condiciones estaban lejos de ser ideales. En verano el terreno resistía, aunque el calor machaleño golpeaba fuerte. El verdadero problema llegaba en invierno.

Cuando llovía o subía la marea en ciertos sectores bajos de la ciudad, el agua alcanzaba las canchas y complicaba los partidos. El terreno se volvía resbaloso, lodoso y pesado. Aun así, nadie se iba.

JUGAR POR PASIÓN, 

NO POR COMODIDAD

Los veteranos recuerdan que antes se jugaba donde se podía, no donde se quería. No importaba si el piso estaba roto, si había barro o si la cancha era improvisada. Lo importante era que hubiera espacio para armar la red y comenzar el partido.

Con el crecimiento de Machala, varios de esos escenarios desaparecieron. La expansión urbana ocupó terrenos que antes eran deportivos. La antigua cancha de la Policía quedó absorbida por nuevas edificaciones institucionales. En la Brigada, las restricciones terminaron limitando su uso.

Surgieron nuevas alternativas: espacios en sectores barriales, complejos deportivos y canchas improvisadas en distintos puntos de la ciudad.

Con el tiempo, las tardes de vóley comenzaron a consolidarse como parte de la vida cotidiana de Machala, ya no era solo deporte, era encuentro.

Muchos salían del trabajo sabiendo que antes de volver a casa pasarían por la cancha “aunque sea a mirar”. Y casi siempre terminaban opinando, gritando o apostando cuál equipo ganaría.

La pasión popular se mantuvo, pero también nació una visión más estructurada y formativa. Ese crecimiento se refleja en clubes como Machala Vóley Club, fundado en 2017 como una iniciativa para formar jugadores y fortalecer el voleibol competitivo en la provincia.

Lo que comenzó como un pequeño proyecto deportivo terminó convirtiéndose en una de las escuelas de formación más reconocidas de la ciudad.

La ciudad creció, se modernizó y expandió sus fronteras urbanas. Muchas tradiciones desaparecieron en el camino. Pero las tardes de vóley siguen ahí.