Alejandro Castro Jaén
Cabo Verde quizás es la segunda nación más pequeña del Mundial de futbol, pero sin duda causó un enorme impacto en este torneo, el país insular africano de poco más de medio millón de habitantes se midió con los grandes del fútbol en el Mundial de 2026. Desde el inicio, los debutantes en el torneo se convirtieron en el centro de atención al empatar contra dos potencias históricas, España y Uruguay, en la fase de grupos. El partido de dieciseisavos de final que Cabo Verde disputó este viernes frente a Argentina ocupará, sin duda, una página de oro en los anales de la Copa del Mundo. La selección caboverdiana llegó a poner contra las cuerdas a la liderada por Lionel Messi, que se adelantó en el marcador solo para ver cómo los africanos lograban empatar por dos ocasiones.
Aunque finalmente Argentina logró el 3-2 en el tiempo extra y con él su pase a los octavos de final, de este partido pasará a la historia la feroz resistencia de Cabo Verde, así como el segundo gol de Sidny Lopes Cabral en el tiempo extra, que bien podría acabar siendo designado el mejor tanto del torneo. Los llamados “tiburones azules” nunca habían participado en el mayor evento futbolístico del planeta, algo que se veía como un sueño inalcanzable en este pequeño archipiélago situado a más de 500 kilómetros de las costas de Senegal, en el extremo occidental de África. Con una superficie total de 4.000 km2, Cabo Verde consta de diez islas, de las que nueve están habitadas.
Su única especie endémica es el murciélago orejudo gris, que desde tiempos ancestrales dominaba el archipiélago sin cruzarse con otros mamíferos hasta la llegada de los primeros humanos en el siglo XV. Tras tocar tierra en 1456, según los registros históricos, los portugueses fundaron Ribeira Grande en la isla sureña de Santiago, esta villa hoy se llama Cidade Velha y está a escasos kilómetros de Praia, la capital y ciudad más poblada del país. Por su ubicación estratégica entre África y América, Cabo Verde se consolidó en el siglo XVI como un nudo principal en el tráfico transatlántico de esclavos, que perduró por más de 300 años.