OPINIóN

Antes de que el sueño tuviera nombre


Doménica Jarre

León y Víctor eran niños cuando lograron comprender que el mundo no repartía el pan de la misma manera. Mientras algunas mesas estaban llenas, otras apenas tenían migajas. A pesar de que crecieron lejos uno del otro, ambos compartían una pregunta: ¿por qué algunas personas tenían que trabajar toda su vida sin conseguir lo suficiente?

Los dos imaginaron una sociedad diferente. Soñaron con un lugar en el que ningún apellido concediera superioridad, donde cada esfuerzo recibiera una recompensa justa y la pobreza no se heredara como una condena. Aquel sueño aún no tenía nombre; era apenas una idea nacida de la inocencia.

Con el tiempo, aquel sueño aprendió nuevas palabras. Habló de mesas donde el pan alcanzaría para todos, de puertas que dejarían de abrirse solamente para unos pocos y de un mundo sin cimas tan altas ni abismos tan profundos. Parecía una promesa sencilla: acercar las orillas para que nadie volviera a contemplar la vida desde abajo.

Pero incluso los sueños más luminosos pueden proyectar sombras cuando alguien pretende convertirlos en una única verdad. Es más, las manos que prometieron repartir el pan terminaron decidiendo quién podía probarlo. Se trazó un solo camino para todos, y cualquier voz que preguntara por otra ruta comenzó a ser vista como una amenaza.

Desear un mundo más bondadoso nunca fue el error. Ninguna sociedad debería acostumbrarse al hambre ajena ni levantar su bienestar en hombros invisibles. Sin embargo, tampoco puede existir armonía cuando, para acercar las orillas, se borran los nombres, los deseos y el derecho de cada persona a elegir su propio rumbo.

Quizá el problema nunca fue que León y Víctor imaginaran un mañana diferente. El verdadero peligro comenzó cuando aquel sueño dejó de ser una esperanza compartida y se convirtió en una verdad que nadie podía cuestionar.