OPINIóN

El hombre que murió de pie


Este fin de semana vi la película sobre Roberto Baggio, El Divino, y terminé pensando en la condición humana

Este fin de semana vi la película sobre Roberto Baggio, El Divino, y terminé pensando en la condición humana. Hay historias deportivas que dejan de pertenecer a los estadios porque hablan de nosotros mismos: de nuestros errores, de las decisiones que quisiéramos regresar en el tiempo para cambiar y de la difícil tarea de aprender a perdonarnos.

El 17 de julio de 1994, Italia y Brasil disputaron la final del Mundial. Después de 120 minutos sin goles, el campeonato se definió en penales. Baggio caminó hacia el punto de lanzamiento. Era el hombre que prácticamente había conducido a Italia hasta aquella final. Pero pateó y el balón se elevó por encima del travesaño. Brasil fue campeón. Baggio quedó inmóvil en mitad del campo, con la cabeza inclinada, contemplando quizá durante segundos lo que después cargaría durante años.

Aquella imagen recorrió el mundo. Algunos lo llamarían “el hombre que murió de pie”: derrotado en aquel instante, pero todavía digno. Lo extraordinario es que aquel penal no destruyó el cariño de la gente hacia Baggio ni borró todo cuanto había hecho antes. Con el tiempo, aquella falla incluso humanizó al ídolo. Detrás del gran futbolista apareció un hombre vulnerable: uno de los mejores también podía equivocarse cuando millones esperaban que acertara.

Y allí reside la lección que me dejó su historia. A veces los demás ya nos han perdonado y somos nosotros quienes seguimos pronunciando nuestra propia sentencia. Conservamos durante años el recuerdo de aquella decisión equivocada, aquella oportunidad perdida o aquel camino que debimos evitar. Convertimos un error en identidad y terminamos creyendo que somos aquello que alguna vez hicimos mal.

Pero haber fallado no significa ser un fracaso. Baggio continuó jugando, levantándose y construyendo su historia. También nosotros debemos aprender de las situaciones adversas. No siempre podremos corregir el pasado; hay decisiones irreversibles y errores cuyas consecuencias tendremos que asumir. Madurar significa responsabilizarnos por ellos, extraer su enseñanza y continuar adelante. Perdonarnos no es justificar nuestros errores, sino impedir que se conviertan en una condena perpetua.

Roberto Baggio me recordó que podemos fallar frente al mundo entero y, pese a los golpes, volver a levantarnos. La vida no exige que seamos perfectos. Nos pide algo mucho más difícil: perdonarnos, aprender de nuestras caídas y continuar construyendo, cada día, nuestra mejor versión.