La violencia que golpea a El Oro está dejando una herida cada vez más profunda: la muerte de adolescentes que deberían estar pensando en sus estudios, sus amigos y su futuro, no en cómo sobrevivir a la inseguridad.
La violencia que golpea a El Oro está dejando una herida cada vez más profunda: la muerte de adolescentes que deberían estar pensando en sus estudios, sus amigos y su futuro, no en cómo sobrevivir a la inseguridad.
En lo que va de 2026, se han registrado 58 adolescentes asesinados en la provincia, ocho de ellos estudiantes. Algunos incluso han sido atacados mientras vestían el uniforme escolar.
El caso más reciente ocurrió con un estudiante de un colegio emblemático de Machala, quien regresaba a su casa cuando fue atacado y perdió la vida. Su muerte vuelve a poner sobre la mesa una pregunta urgente: ¿qué estamos haciendo para proteger a nuestros jóvenes?
La preocupación no es menor. Solo durante esta semana, tres estudiantes fueron víctimas de hechos violentos. Ante esta realidad, personal del Distrito de Educación acudió al lugar del último crimen, en un contexto en el que la comunidad educativa enfrenta temor e incertidumbre.
Las escuelas y los colegios deberían ser espacios de aprendizaje y convivencia, pero la violencia está alcanzando a los alumnos incluso fuera de sus aulas.
La Policía Nacional cuenta con el plan Escucho, una iniciativa que busca intervenir en las instituciones educativas para prevenir el reclutamiento de menores por parte de grupos delictivos. Sin embargo, se ha señalado que solo dos establecimientos han solicitado esta intervención y que estos no incluyen a la institución educativa relacionada con los dos estudiantes víctimas de hechos violentos durante esta semana.
La prevención no puede depender únicamente de que una institución solicite ayuda. Es necesario fortalecer la coordinación entre la Policía, las autoridades educativas y las familias, identificar los sectores de mayor riesgo y actuar antes de que ocurra una tragedia.
También se requiere un trabajo de inteligencia que permita identificar no solo a los adolescentes involucrados en actividades delictivas, sino, especialmente, a quienes los captan, los amenazan o los utilizan para cometer delitos.
Pero esta responsabilidad no recae únicamente en las autoridades. Los padres y representantes también tienen un papel fundamental. Saber dónde están sus hijos, con quiénes se relacionan y qué situaciones enfrentan puede ayudar a detectar señales de alerta.
Escuchar, orientar y corregir a tiempo no garantiza que todos los riesgos desaparezcan, pero sí puede marcar una diferencia.
No podemos acostumbrarnos a contar adolescentes asesinados como si fueran cifras inevitables. Detrás de cada número hay una familia destrozada, una madre que espera a su hijo y una vida que no pudo cumplir sus sueños.