OPINIóN

¿En qué momento comenzamos a justificar lo incorrecto?


Jorge Ordóñez Chérrez

En una sociedad que enfrenta constantes desafíos, hay una pregunta que merece ocupar nuestra atención: ¿en qué momento comenzamos a considerar normales ciertas conductas que afectan la convivencia, debilitan la confianza y perjudican el interés colectivo? No se trata solamente de los grandes escándalos que llegan a los titulares, sino también de aquellas pequeñas transgresiones cotidianas que, por repetirse, terminan siendo aceptadas o justificadas. La pregunta adquiere especial importancia cuando observamos cómo, en ocasiones, se condenan las faltas ajenas mientras se buscan excusas para las propias. Mentir para obtener una ventaja, irrespetar a quien piensa diferente o permanecer indiferentes ante una injusticia son comportamientos distintos, pero comparten un elemento preocupante: anteponer el interés individual a principios necesarios para la convivencia. Este problema no debe analizarse desde la generalización ni desde la creencia de que todo tiempo pasado fue mejor. Muchas personas siguen actuando con honestidad, respeto y solidaridad. Sin embargo, cabe preguntarnos qué sucede cuando la sociedad empieza a tolerar comportamientos que debería cuestionar y cuando la conveniencia personal termina pesando más que la responsabilidad con los demás. La manera en que respondamos a estas situaciones influye en la confianza que podemos construir como comunidad.

La respuesta no está únicamente en exigir cambios a las autoridades, a las instituciones educativas o a las familias. Todos tenemos una cuota de responsabilidad. La coherencia entre lo que reclamamos y lo que practicamos es indispensable para recuperar la confianza, fortalecer la convivencia y transmitir mejores referencias a las nuevas generaciones. Una sociedad distinta requiere ciudadanos dispuestos no solo a señalar los errores, sino también a reconocer los propios y actuar con principios, incluso cuando hacerlo no resulte conveniente.

El cambio comienza por nosotros.