OPINIóN

Editorial: 28 años de paz


El 26 de octubre de 1998, Ecuador y Perú cerraron uno de los capítulos más dolorosos de su historia al firmar los Acuerdos de Paz de Brasilia

El 26 de octubre de 1998, Ecuador y Perú cerraron uno de los capítulos más dolorosos de su historia al firmar los Acuerdos de Paz de Brasilia. Veintiocho años después, aquella decisión demuestra que las diferencias históricas pueden resolverse mediante el diálogo y que la cooperación puede reemplazar la desconfianza. Sin embargo, la paz no debe medirse únicamente por la ausencia de enfrentamientos, sino por los resultados que llegan a la vida de los ciudadanos.

Desde entonces, ambos países han fortalecido sus relaciones diplomáticas, ampliado el intercambio comercial y establecido mecanismos de integración fronteriza. Los gabinetes binacionales, el desminado humanitario y los proyectos de conectividad constituyen avances concretos. El comercio bilateral pasó de unos 300 millones de dólares en 1998 a 2.600 millones en 2025, según cifras difundidas por la Presidencia peruana.

Pero persisten limitaciones que impiden hablar de una integración plena. Las poblaciones fronterizas todavía necesitan más oportunidades de empleo, infraestructura, servicios públicos y apoyo productivo. Además, el narcotráfico, la minería ilegal, el contrabando y otras expresiones del crimen organizado amenazan la seguridad de ambos territorios. La cooperación ya no puede limitarse a declaraciones diplomáticas: debe traducirse en acciones coordinadas y resultados verificables.

En este contexto, la relación entre el presidente ecuatoriano Daniel Noboa y la mandataria peruana Keiko Fujimori abre una nueva etapa de diálogo. El 20 de octubre de 2026, ambos suscribieron la Declaración Presidencial de Lima y acordaron impulsar iniciativas en seguridad, energía, pesca y desarrollo fronterizo.

El reto será convertir estos compromisos en políticas sostenidas, más allá de las afinidades o diferencias políticas de sus gobiernos. La cooperación energética y comercial debe acompañarse de controles eficaces contra las economías ilegales y de inversiones que beneficien a las comunidades fronterizas.

A 28 años de Brasilia, Ecuador y Perú tienen razones para celebrar, pero también tareas pendientes. La paz fue el punto de partida, no la meta final. Su verdadero legado dependerá de que la confianza entre los Estados se convierta en seguridad, bienestar y oportunidades para sus pueblos.