OPINIóN

Editorial: Recuerdos entre aguas


El Día de los Difuntos es una de las tradiciones que más une a las familias ecuatorianas. Cada 2 de noviembre, miles de personas acuden a los cementerios para visitar las tumbas de sus padres, abuelos, hermanos y amigos.

El Día de los Difuntos es una de las tradiciones que más une a las familias ecuatorianas. Cada 2 de noviembre, miles de personas acuden a los cementerios para visitar las tumbas de sus padres, abuelos, hermanos y amigos. Es una fecha para recordar a quienes ya no están, agradecer lo que dejaron y mantener vivos los vínculos familiares. Sin embargo, en Machala, este año la conmemoración estuvo marcada por una dificultad que no debería pasar inadvertida: las inundaciones. El agua acumulada en los senderos del Cementerio General y del Cementerio Municipal no impidió que ciudadanos llegaran hasta las tumbas de sus seres queridos. Algunos caminaron con precaución, otros utilizaron botas para protegerse del agua. Todos tenían un motivo en común: no dejar pasar una fecha que consideran importante para sus familias. Sus testimonios reflejan que el recuerdo no depende de las condiciones del clima ni de las dificultades del camino. Pero también dejan una pregunta necesaria: ¿por qué los ciudadanos deben enfrentar estas condiciones incluso para cumplir una tradición? Las lluvias pueden ser inevitables, pero las consecuencias de la falta de mantenimiento, drenaje adecuado y planificación no deberían convertirse en una carga permanente para la población. Los cementerios son espacios públicos que requieren atención durante todo el año, no solamente cuando llega una fecha de alta concurrencia. Tampoco se puede ignorar que muchas familias machaleñas ni siquiera pudieron llegar a los camposantos. Algunas enfrentaban inundaciones en sus propios barrios, viviendas afectadas y dificultades para movilizarse. Para ellas, la jornada transcurrió entre la preocupación por sus hogares y el deseo de visitar a sus difuntos. El Día de los Difuntos debe servir también para reflexionar sobre las responsabilidades de las autoridades. No basta con reconocer la importancia de las tradiciones o destacar la asistencia de ciudadanos. Se necesita garantizar espacios seguros, accesibles y en condiciones adecuadas. Recordar a quienes fallecieron es una decisión personal y familiar que merece respeto. Ninguna persona debería tener que sortear caminos anegados para llegar hasta una tumba. El cariño de las familias quedó demostrado este 2 de noviembre; ahora corresponde que las autoridades demuestren, con acciones y no solo con declaraciones, que también les importa la dignidad de quienes siguen aquí.