Un día eres un niño, los días parecen eternos, crees que el dinero da felicidad. Te dicen que hay personas buenas y malas, que no se debe aceptar regalos de extraños.
Un día eres un niño, los días parecen eternos, crees que el dinero da felicidad. Te dicen que hay personas buenas y malas, que no se debe aceptar regalos de extraños. Te cuentan que arriba en el cielo hay un Dios que todo lo ve, que castiga todo lo malo; y te dicen que un día, si te esfuerzas mucho, podrás tener una vida plena y prospera porque (supuestamente) todos podemos alcanzar cualquier cosa.
Otro día eres un joven, los días están llenos de ocupación. Estudias, trabajas y limpias la casa. De pronto, te das cuenta que no todos tienen las mismas obligaciones, que no todos viven la misma vida. Las hormonas te confunden. La neuroquímica de la libido se interpreta como amor romántico; esto, mientras el peso de la nutrición infantil y el control de los impulsos en la temprana niñez define como lidias con la negativa de la sociedad y la vida a proveerte placer infinito, sin consecuencias; porque entiendes que, a cada acción le corresponde una reacción. Entiendes que cada pensamiento define la voluntad, luego la acción, luego los hábitos; y, finalmente el destino personal, quizás, el único problema filosófico realmente importante.
Un día eres adulto. Con hijos o sin hijos te das cuenta que nada es lo que parece. Que la vida es una danza de máscaras, donde el arte de comunicarse y saberse tomar un trago son delicadas técnicas de existencia social. Que muchos fracasan y que el éxito es una rara coincidencia, donde la suerte inmerecida o el permanente sacrificio coexisten por igual, con los mismos resultados, inexplicablemente.
Finalmente, envejeces; y, entonces, comprendes a Salomón cuando dice: “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora: Tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar y tiempo de curar; tiempo de destruir y tiempo de edificar; tiempo de llorar y tiempo de reír; (…) tiempo de callar y tiempo de hablar; (…) tiempo de guerra y tiempo de paz” (Eclesiastés 3;1-8).